miércoles, 7 de octubre de 2015

Hacia el cielo

Las tardes de primavera eran interminables. Frías y de colores molestos. El polen de las plantas me hacía retorcer la nariz. No tenía sentido quejarme, estaba solo. No habría nadie en casa hasta las nueve de la noche. La televisión era peor aún porque no tenía con quien compartir un buen dibujo animado.
Un día volviendo de la escuela hice un camino que antes no había hecho. Pasar por el parque de deportes de la universidad. Era inmenso. Pero no por sus canchas. Sino porque el cielo allí era más grande que en cualquier parte. Nunca lo había visto así. Parecía que sería aplastado por su inmensidad. Sin nubes, sin estrellas, sin brillos. Sólo cielo. No pude seguir el camino a casa. Me recosté sobre el pasto húmedo y me quedé hasta que las chicharras y los sapos empezaron a cantar. Esa tarde había descubierto que bajo ese cielo el tiempo no pasaba. No existía el tiempo. Sólo estaba esa inmensidad aplastante que me decía: estas vivo y aún así no hay nada. Me enamoré de ese color celeste que se apagaba de a poco cada tarde.
Volvía a él cada día. A veces llevaba un frasco con agua y detergente para hacer burbujas con una herramienta inventada por mi. Y mis burbujas se iban hacia el cielo. Muy despacio viajando con la brisa. Sin estallar y sin reflejar la luz cuando ya no tenían forma. Soplaba hasta que me dolían las mejillas. No era tristeza eso. Era extinguirse hacia el cielo.



Entre Ríos, 1997.

lunes, 29 de junio de 2015

El uso de la fuerza y la negación de la creatividad

En los últimos meses se han dado casos de violencia civil en algunas ciudades de los Estados Unidos de América, a raíz de los asesinatos de personas negras por parte de la policía. La clase trabajadora sobre todo la población afroamericana, sintió que ya no podía más. La confrontación es significativa porque ocurre en el corazón del país liberal y capitalista por antonomasia. Donde las personas pueden desarrollar su vida a medida en la capacidad de consumo. Me pregunto si estas confrontaciones entre manifestantes y fuerza policial a partir de un acto de injusticia es un signo de que aquella sociedad de la libertad ha fracasado, y si tal vez ha fracasado estrepitosamente.

Si hay de fracaso es porque había un ideal o existió en algún momento. Cuando una sociedad fracasa es momento de revisar sus fundamentos. Aquellos que por años fueron incuestionables. Un fundamento que no puede cambiar es la dialéctica materialista. Las contradicciones de clases estaban adormecidas, hasta hoy. Además me pregunto quién tiene la potestad del uso de la violencia frente a un acto de injusticia. Pero también me pregunto sobre la violencia que es ejercida sobre la persona que padece el fracaso de un sistema que debía protegerlo. ¿Debía realmente? Así como en esta paradigmática sociedad justa la violencia es ejercida sobre los más vulnerables, ellos no hicieron fracasar al sistema. Pero lo están padeciendo con sus cuerpos, perdiendo vidas.

Al estar sometido a un contexto de violencia las posibilidades de reaccionar empiezan a disolverse. En un ambiente donde el acoso moral es parte del trato diario entre personas, la persona que sufre el maltrato es estigmatizada. Porque no puede resolver el conflicto ya que ha ido perdiendo sus herramientas. A su vez, la victima se pregunta qué hizo mal si ella también creía en ese ideal de relación. ¿Por qué debería recibir un doble castigo? El de la violencia y ahora el de la exigencia de superarlo inmediatamente o siguiendo un camino pre establecido por la parte acosadora que beneficia a esta última. La resolución que propone un Estado policial no es una solución. Porque al estigmatizar al oprimido impide la síntesis. Este camino sólo lleva a profundizar las contradicciones de clase. Entonces la víctima ha perdido por partida doble: el ideal aspirado y la posibilidad de elegir cómo superarse. Pierde la libertad y la posibilidad de que haya justicia, pero claro, la justicia nunca estuvo al servicio de los oprimidos.

Esa segunda pérdida es en una situación de fracaso: el de no cumplir con las expectativas de los que tienen el uso de la fuerza. Porque los desposeídos de los medios de producción y comunicación no tienen la verdad, sino que les es instalada. Están siendo los otros los que determinan cómo debe padecer el fracaso. Esta determinación de cómo debe vivirse una situación traumática la hace aún más truamática. ¿Quién tiene el derecho para decirles a los afroamericanos cómo deben superar lo que están padeciendo? Ellos mismos son los que deben hacer su balance y proponer un camino de liberación de la persecución, pero sólo como parte de una decisión táctica dentro de una estrategia clara: el fin del sistema capitalista.

Así cómo el Estado ha perdido el derecho a decirle a la gente cómo deben manifestarse, porque es quién provoca una situación que rompe con el ideal pactado por ambas partes (Estado - Sociedad, parejas, etc), también ha perdido la legitimidad del uso de la fuerza. Porque internamente el Estado no es tiene la legitimidad para usar la fuerza. Su función última es la de sostener las contradicciones de clase a través del uso de la fuerza.

Hay un estado más sobre el uso de la fuerza. En casos individuales llega por la imposición de lo que uno debe sentir. Si ha perdido la capacidad de reaccionar creativamente, obligarlo a superar de una determinada manera no sólo es violencia sino que niega la mayor posibilidad que tiene el ser humano: el desarrollo dialéctico. El problema de esto es que nos lleva a superar las contradicciones y así a que desaparezca tanto el Estado agresor como el acosador moral.

Pero si van a desaparecer el acosador moral y el Estado corrompido, lo único que les queda es recurrir a la violencia para subsistir con sus contradicciones. Lo hacen a través de la fuerza legitimada por un estatus quo que ya no existe pero al que todos aspiraron alguna vez. Si sobreviven al día de hoy los acosadores morales como los Estados burgueses es porque nos están negando la superación. La fuerza a la que debemos recurrir entonces es a la fuerza de la creatividad intelectual, porque a esa fuerza ni aún en las cárceles, ni en los psiquiátricos, ni en las fábricas la van a poder apagar.

lunes, 31 de marzo de 2014

La sabiduría del desconocimiento

Es muy común escuchar una frase que se utiliza para justificar y demostrar la humildad del locutor. Pero ha sido tan utilizada que se ignora con qué intención se pronunció por primera vez. Sólo sé que no sé nada. Quien la dijo lo hizo para demostrar a su adversario sofista que 'mire usted no sabe nada, y yo sé que no sabe nada porque yo mismo no sé nada', pero, ¿por qué podía hacer esa afirmación? Porque él era el tábano de Atenas, Sócrates, un denso. Si él, el más sabio de todos los atenienses, decía que era consiente de su ignorancia, ¿cómo otro podría decir que sí sabía de algo con certeza? Pues porque se pasaba todo el día persiguiendo a la gente para desafiarla en su conocimiento, con la triste justificación de que los dioses lo habían enviado para ser, los atenienses, despertados de su ignorancia. Tarea que le quedaba perfecta a él. Era un denso, como tábano que te pica sin descanso.

Los más petulantes y soberbios son los primeros es hacer uso de la afirmación de su propia y supuesta ignorancia. Nada mejor que esto para que se vea la doble intención, actualmente cumpliendo su objetivo, de la falsa humildad y egolatría. Pero los ignorantes no ignoran esa frase 'sólo sé que no sé nada'. Qué bien les viene cuando están atrapados en una discusión que pone en peligro su débil argumentación de verdaderos ignorantes. Hablando con grandilocuencia y grandes gesticulaciones despejan toda duda que del tema no saben ni jota. Pero en esto del saber tenemos que hacer reverencias al gran Tábano que sí hizo aportes concretos para disminuir la confusión general: su filosofía es fundante.

Fuente de la imágen.
Volviendo a los sabios ignotos de la sabiduría. Nada más que con algunas simples preguntas del clásico método mayeútico inventado por el denso de Atenas, se puede demostrar que quien está haciendo afirmaciones sin fundamentos es un supino neófito del tema. Peor aún cuando está disertando frente a un veterano de la cuestión, que por supuesto este sí lleva el galardón de la humildad y guarda silencio. Para que bien entrada la noche de su ignorancia pueda el experimentado hacer un gesto de gran humanidad. Entonces es cuando le tira el salvavidas 'no te preocupes, campeón, que vos sabes que no sabes nada'.