sábado, 27 de noviembre de 2010

En el Valle de Ayyalón

Apuntó su telescopio al cielo como todas las noches. Midió una vez más el tiempo que tarda la Luna en cruzar el firmamento. Midió durante el día el tiempo del Sol en hacer lo mismo. Algo no tenía sentido. No podían ser 365, se decía una y otra vez. No importaba cómo ni cuando midiera, siempre faltaban o sobraban seis horas. ¿Qué caso tiene?, se preguntó sabiendo que moriría en la hoguera por su obstinación. Era un hombre fiel a Dios, pero lo observaba todas las noches con su telescopio y con su Biblia versión Vulgata. Su suerte estaba echada. Con cinismo se encontró en calma para trabajar sus últimos días totalmente entregado.
La Tierra había sido puesta con absoluta perfección a trescientos sesenta y cinco días de su lugar de partida. Pero había una impureza que no le permitía retornar al origen. Un único y pequeño pecado. No era pecado del hombre. No fue acción del mal o del libre albedrío. Era la puerta que ocultaba al Jardín del Edén. Galileo había arrancado una página de su Vulgata:
Josué se dirigió a Yahvé delante de los israelitas y dijo: ‘Detente, oh sol, en Gabaón; y tu, luna, en el valle de Ayyalón’. Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos. ¿No está eso escrito acaso en el Libro del Justo? El sol se paró en medio del cielo y dejó de correr un día entero hacia su ocaso. No hubo día semejante ni antes ni después, en que obedeciera Yahvé la voz de un hombre”. (Jos 10, 12-14).
Había repetido para sí antes de subir a la pira. Era Dios mismo que había evitado el regreso del hombre a casa, simplemente tuvo que oír y hacer caso a un hebreo que desesperaba por su ayuda. Cuando entendió que jamás podría volver el hombre a su hogar, pensó en el ser humano. Y antes de que su vida se extinguiera el gran astrónomo dijo a la historia:
No busquen astronomía en la Biblia. Porque ella no pretende decirnos cómo marchan los cielos, sino cómo marchamos nosotros hacia el cielo.

La misteriosa galaxia sin estrellas Virgo HI21

viernes, 19 de noviembre de 2010

¿Quién fue Claude Lévi-Strauss? [re post]

(escrito para un diario local en referencia al fallecimiento de Lévi-Strauss)
Para describirlo es importante comentar su trabajo ya que influyó a las mentes más brillantes del siglo XX. Creador de importantes corrientes antropológicas, filosóficas y lingüísticas, deshizo el modelo del hombre primitivo propuesto por la antropología etnocentrista europea. A partir de sus libros, tales como Tristes Trópicos, Pensamiento Salvaje -que en francés Salvaje debe ser entendido como natural y virgen – y Antropología Estructural, considerados como obras de lectura obligatoria para todo antropólogo, hicieron que la forma de interpretar al hombre diera un giro rotundo. Su influencia alcanzó hasta ciencias como la psicología, la etnología, la historia y la sociología. Pero también a la literatura y el arte, ya que tuvo contacto directo con ellas. Mientras vivió en New York formó una gran amistad con artistas como André Breton -líder del movimiento surrealista francés- y Max Ernst -artista surrealista alemán-.

Habiendo terminado su licenciatura en Filosofía fue invitado a participar en una misión cultural francesa al Brasil. Allí se hizo cargo de la cátedra de filosofía en la universidad de San Pablo. Durante las vacaciones de verano recorrió el Mato Grosso tomando contacto por primera vez con aborígenes. A partir de allí decidió dedicarse por completo al trabajo etnológico. Sería cuando descubriría que el hombre no es primitivo ni salvaje. Rechazando así una gran tradición antropológica que establecía al hombre europeo como evolucionado y civilizado.

Claude en su oficina. (fotografía tomada de blog)
Nació en Bruselas -Bélgica- en 1908. Hijo de padres judíos franceses. Se interesó por la filosofía gracias a un amigo que lo introdujo en la lectura de Marx y Engels. Al terminar el bachillerato estudió Derecho y Filosofía en la Sorbona de París, pero sólo completaría el estudio de Filosofía. Decía que eligió esa carrera porque pensaba que le resultaría sencilla y así podría seguir ocupándose de otros intereses. Debió participar de la Segunda Guerra Mundial defendiendo la Línea Maginot. Tuvo un espíritu de hierro; no se dejó doblegar por la persecución nazi, como tampoco tuvo miedo de internarse en una de las selvas más peligrosas del mundo cuando se interesó por el estudio de los aborígenes.

Trabajó hasta sus últimos días. Fue reconocido en todo el mundo por su dedicación a la investigación del ser humano. A la par de su trabajo construyó una familia formada por su esposa Rosemary Ulmont y sus hijos. Cruzó del siglo XX al XXI manteniendo la vanguardia intelectual. Siempre con buen humor y un toque de cinismo, respondía a todas las entrevistas que deseaban hacerle. Nunca perdió el temple ni el espíritu joven.

El 28 de Noviembre habría cumplido 101 años. Dejó tras de sí a la humanidad enriquecida y redescubierta. Su mensaje para el ser humano era el siguiente: respetar a todas las culturas porque el hombre es igual sin importar su idioma, raza o tradiciones; pero sobre todo proteger a la Tierra ya que esta es la casa del hombre. Ha existido antes del hombre y seguirá estando después de él.

[Volví a publicar este artículo porque este mes es su cumpleaños y el 30 de octubre de 2009 fue su deceso, además estoy leyendo Antropología Estructural]