viernes, 29 de abril de 2011

Siempre

Había estado en esa calle, conocía de algún lugar esa pintura vieja en las paredes. El día estaba seco como siempre estaba en las siestas. Las veredas con hojas amarillas de los árboles de mora. Parecía que en la calle Lencinas siempre era otoño. Con esas casas viejas, con miles de fantasmas que nos inventamos para darnos miedo. Él era todo lo urbano que conocí en mi vida de niño. Él tenía todas las cualidades que siempre quería tener. Lo admiraba. Fue mi primer contacto con el mundo fuera de mi familia. Él era una aventura. Eramos niños, no más de 10 años y hacíamos todo lo que se nos antojaba: trepar árboles, jugar con el agua sucia de la acequia, armar nuestro propios autitos con motores electricos y pilas. Darle la vuelta a la cuadra era una odisea, nadie sabía si volveríamos cuando doblábamos la esquina. Jugábamos en el mismo club al basquet e íbamos a la misma colonia de vacaciones. Ambos soñábamos con ser expertos en electrónica y con andar todo el día en skate.
Yo tenía 19 años y cumplíamos el mismo día. Pero ese año sería la última vez que cumpliríamos años juntos. No lo veía hacía unos 2 años, pero eso no importaba porque los dos estábamos vivos y siempre nos prometíamos vernos. Habíamos hecho elecciones diferentes en la vida y nos alejamos, pero siempre cuando nos veíamos volvíamos a ser Roddy y Teddy jugando en la calle Lencinas. Aún cuando pasara mucho tiempo, nos abrazábamos fuerte como aquella vez que nos despedimos porque me iba a vivir a Misiones. La vida nos separó en distancia, pero su muerte nos separó para siempre.

Fotografía de Jocelyn Catterson.


Anoche soñé con él. Lo encontré mientras recorría los recuerdos de mi infancia. Doblé por una esquina que pocas veces nos atrevíamos a visitar, seguí las manchas de una pared que me era familiar. Crucé una puerta de madera rota que había visto alguna tarde de invierno jugando a la escondida. Estaba ahí, como si supiera que iba a llegar. Sonrió y se rió con la agudeza que lo diferenciaba."¿Cómo hiciste para encontrarme?" me preguntó. "Siguiendo nuestros recuerdos compartidos" le contesté. Se veía como una persona de mi edad, con el mismo corte de pelo que usó las últimas veces y con la alegría contagiosa que siempre tuvo. "No te preocupes, -dijo- estoy bien, no me fui a ningún lado". Nos abrazamos fuerte, no lo podíamos creer. "¿Por qué lo hiciste?"; "Porque no soportaba la angustia, ya no podía más." me contenstó. "Ahora sabes cómo encontrarme, podes venir cuando quieras". Y nos quedamos mirando cómo dos niños se ponían a jugar a la pelota con arcos hechos con trozos de ladrillos. Así se inicio nuestra amistad.

miércoles, 20 de abril de 2011

El fruto prohibido

Para Gregor no había necesidad de revisar sus resultados. Estaba claro. Era un milagro y punto. Era una revelación del Creador a través de la simpleza de una planta de arveja. Pero para un hombre deciencia era el momento de tomar una postura y formular la hipótesis. No se cuestiona la fe para un creyente, sí se cuestiona la ciencia porque la ciencia lo requiere así. La hipótesis pasó las pruebas. Ahora no tenía dudas de su observación, pero tampoco dudó del Creador. Dudó del hombre. ¿Por qué necesita a la ciencia para conocer la naturaleza? Se preguntó mientras repetía como mantra sus rezos de completas antes de dormir. ¿Cómo era posible que el hombre necesitara de una planta de arvejas para demostrar que su religión más poderosa, la ciencia, era correcta? Estuvo preocupado por varios días en esta idea mientras elaboraba el informe con los resultados del experimento. Hasta que un día de iluminación espiritual llegó a su razón y entendió su angustia. El hombre eligió rechazar ver el rostro del Creador directamente. El hombre tomó en sus manos la fruta de la planta prohibida: la ciencia. Pero el hombre no es el Creador. El hombre ahora necesita de la ciencia para creer en lo que ve. Y con gusto la planta prohibida va a tomar la forma que necesite el hombre. La ciencia se convirtió en el calabozo del hombre. Entendió ese día Gregor que el hombre daría un paso en dirección contraria a donde está el Creador. Se afligió, pero también entendió que era inevitable. Era el legado de esa elección. Pero su fe no se perdió, porque fue el Creador quien le dio la planta de arvejas para que pudiera experimentar y no la ciencia.
Fotografía de Simon Stock.

Gregor Mendel demostró con su experimento de la transmisión de características comunes de padres a hijos por herencia, descubrió esto observando esta transmisión entre arvejas de diferentes colores y realizando cruzas entre ellas. Mendel fue un hombre religioso y de ciencia también. A veces la fe y la ciencia cruzan sus caminos, el trabajo de Gregor dio origen a la ciencia de la genética. Ahora se necesita de la ciencia para ver a través de la naturaleza el rostro de su propio Creador.