sábado, 10 de noviembre de 2012

El segundo mensaje


Si escuchamos o leemos un diálogo entre dos personas, reales o de ficción, podemos nosotros ir imaginando lo que cada uno está interpretando de ese mensaje en sus mentes. Esto es un ejercicio del lenguaje para llegar al fondo del asunto: los miedos, las justificaciones, las explicaciones, las verdades, en pocas palabras el ser del mensaje: la intención. Lograrlo no es difícil, simplemente debemos ponernos en el lugar del emisor y en del receptor contextualizando a cada uno. Otro caso similar son los libros porque sabemos que dicen algo. En lo posible siempre debemos preguntarnos qué quieren decir. Esto lo aprendí del personaje Guillermo de Basquerville en dialogo con su alumno Adso de Melk, de la novela El Nombre de la Rosa escrita por Umberto Eco.
Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, [...].
Esta cuestión alcanza no sólo a los libros, cartas, canciones o demás expresiones. También debemos llevar la pregunta a los discursos públicos. Porque son un tipo especial de diálogo. Aparenta ser un monólogo. Por ejemplo nos podríamos preguntar ¿quién inició el diálogo?, no será que, ¿acaso es la respuesta a una apelación anterior? ¿O tal vez no es más que la necesidad de llenar un vacío porque nadie está en diálogo? Pero volviendo al asunto del mensaje en sí. Tomo un ejemplo muy conocido, ¿qué nos está queriendo decir un presidente cuando habla a todo el país? Tal vez se trata de que nos quiere convencer de lo excelentes que han sido sus gestiones en los últimos meses, justificar acciones bélicas en países extranjeros o hasta algo tan inocente como dar un saludo de año nuevo.

Dibujo de Leah Yerpe.
Actualmente las sutilezas discursivas son tan grandes que ya no es suficiente con deconstruir un discurso y descubrir lo que se está queriendo decir. Ahora existe un componente más complejo: ¿a quién se lo está diciendo? Dicho de otra manera, cuál es su verdadero destinatario. Siguiendo con el ejemplo del presidente de una república, cuando da un discurso está dando un mensaje abierto presumiblemente sin dobles intenciones y como receptores a todos los ciudadanos.
Pero por cuestiones prácticas sabemos (asumo esto) que el discurso que se está dando no tiene solamente la intención de ser recibido, hay algo más. Cuando se lee una carta se puede conocer rápidamente su destinatario. Porque quien escribe tiene la intención de que sea leída específicamente por alguien, uno o muchos. En cambio si en un discurso público no se dice a quién está dirigido no se comete un error porque esto no es necesario. Se dice que está dirigido a todos, quienes quieran oírlo. Pero no siempre es así. Existe un segundo mensaje, uno que no se puede saber inmediatamente. Sino que es revelado por quien es su verdadero receptor, este es el segundo mensaje de todo discurso público. Este destinatario está prolijamente omitido. Cuando se descubre ese destino, se puede obtener entonces el segundo mensaje y con él la verdadera intención.