miércoles, 7 de octubre de 2015

Hacia el cielo

Las tardes de primavera eran interminables. Frías y de colores molestos. El polen de las plantas me hacía retorcer la nariz. No tenía sentido quejarme, estaba solo. No habría nadie en casa hasta las nueve de la noche. La televisión era peor aún porque no tenía con quien compartir un buen dibujo animado.
Un día volviendo de la escuela hice un camino que antes no había hecho. Pasar por el parque de deportes de la universidad. Era inmenso. Pero no por sus canchas. Sino porque el cielo allí era más grande que en cualquier parte. Nunca lo había visto así. Parecía que sería aplastado por su inmensidad. Sin nubes, sin estrellas, sin brillos. Sólo cielo. No pude seguir el camino a casa. Me recosté sobre el pasto húmedo y me quedé hasta que las chicharras y los sapos empezaron a cantar. Esa tarde había descubierto que bajo ese cielo el tiempo no pasaba. No existía el tiempo. Sólo estaba esa inmensidad aplastante que me decía: estas vivo y aún así no hay nada. Me enamoré de ese color celeste que se apagaba de a poco cada tarde.
Volvía a él cada día. A veces llevaba un frasco con agua y detergente para hacer burbujas con una herramienta inventada por mi. Y mis burbujas se iban hacia el cielo. Muy despacio viajando con la brisa. Sin estallar y sin reflejar la luz cuando ya no tenían forma. Soplaba hasta que me dolían las mejillas. No era tristeza eso. Era extinguirse hacia el cielo.



Entre Ríos, 1997.

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